Ceci n'est pas un livre.

Somos las hijas rebeldes

de un secreto inconfesable

que nos ataba a la muerte

(y a la cama).


Los secretos no son “inconfesables” porque sí. Nos han enseñado que de ciertas cosas no se habla. Los trapos sucios se lavan en casa. Las sentencias judiciales no se cuestionan y da igual si dicen auténticas barbaridades como que una niña de entre cinco y diez años va feliz a que la violen. Ah, no, perdón: no se consideró violación precisamente por la ausencia de violencia física o intimidación.


¿De ciertas cosas no se habla? Entonces ¿por qué tantos hombres presumen de su omnipotencia para agredir sexualmente a las mujeres?


De ciertas cosas no hablamos nosotras, las víctimas. Se nos prohíbe, expresa o tácitamente, señalar al agresor, generalmente un hombre cercano a la familia y consciente de esa inmunidad que le otorga ser querido. Y cuando esa inmunidad se acaba porque las víctimas damos un puñetazo en la mesa, a veces viene el apoyo, pero otras muchas veces vienen los reproches. Ha pasado mucho tiempo, no tiene sentido que digas esto ahora. Me quieres arruinar la vida. Eso no fue abuso, lo has malinterpretado. Hija mía, perdónalo todo, supera el trauma y sé feliz. Ah, vale, te han violado, pero yo te veo bien, haciendo vida normal.

Niña Vieja. La negra, la blanca y la mora habla de nosotras, tres mujeres muy distintas unidas por el dolor de haber sido violadas en la infancia. Nuestra vida nunca ha sido “normal”. No hay aspectos de nuestra personalidad que hayan escapado al abuso y sólo nos queda ir a terapia e intentar convivir con ello.


Este libro es ese puñetazo en la mesa colectivo que necesitamos todas las víctimas de abusos sexuales para saber que no estamos solas.


Nunca más será secreto ni será inconfesable.

Niña Vieja. La negra, la blanca y la mora.

Prólogo de Ana de Miguel